Documental

En la muy rica Villa de Segovia

Por: Gustavo Colorado Grisales

El despertar de las conciencias

El ex gobernador Carlos Arturo López Ángel cuenta que, en Marsella, su pueblo, tuvieron preocupaciones ambientales mucho antes de que estas se convirtieran en política mundial, suscrita en mayor o menor grado por casi todos los países del planeta. Después de todo, los inviernos desbordados y los veranos calcinantes nos tocan a todos. Hoy, dedicado al cultivo de orquídeas y plantas ornamentales en una finca ubicada detrás del Alto del Nudo, este hombre afable y despreocupado evoca esos momentos tan vitales en la historia de la localidad.

“Hablamos de los años setenta, cuando los últimos coletazos del movimiento jipi, con su evangelio de amor al prójimo y respeto por la naturaleza y por todas las formas de vida todavía se sentían entre nosotros. Una generación entera de jóvenes marselleses, a la que algunos etiquetaron con el calificativo de mechudos o peludos, creció en medio de una inquietud permanente por las cosas de la cultura y en particular por la preservación del medio ambiente.

“Para la época todavía no se hablaba del cambio climático ni del calentamiento global. Mucho menos se tenían noticias acerca de la extinción de muchas especies vivientes como resultado de la depredación humana.

“Sin embargo, cuando salíamos a caminatas campestres descubríamos que la siembra intensiva de café o la expansión de los pastos para la ganadería amenazaba las fuentes de agua del municipio. A ese paso- decíamos- no llegaremos al siglo XXJ sin haber agotados los recursos hídricos.

“Casi cincuenta años después, siento que esa fue nuestra primera toma de conciencia política sobre la necesidad de proteger nuestra casa que es la tierra. Esa inquietud me ha acompañado toda la vida durante el ejercicio de mis responsabilidades públicas como legislador, gobernante o como un ciudadano más”.

A vista de pájaro

Con esos antecedentes, no resulta casual que, en este municipio, ubicado a una hora de Pereira hayan florecido a lo largo de los años, todo tipo de organizaciones ambientalistas, entre ellas un grupo de apasionados por las aves que, eludiendo las veleidades de los vocablos técnicos, decidieron bautizarse como los pajarólogos. Día tras días han acumulado un saber que les permite identificar y diferenciar a vista de pájaro cuales son las aves endémicas de la región y cuáles las migratorias. Por eso pueden acompañar a un visitante por la enmarañada madeja de caminos vecinales que rodean a Marsella y señalarle, sin haberlos visto todavía, el lugar donde moran el toche o el azulejo, donde liba el colibrí y donde acecha el cirirí el vuelo raudo de los gallinazos.

“La sapiencia de estos pajarólogos no ha sido aprovechada en toda su dimensión”, dice Albeiro, un ingeniero industrial oriundo de Marsella que todos los puentes festivos se enfunda su sombrero y se calza sus botas de caucho para recorrer kilómetros y más kilómetros, solo por el puro placer de caminar.

“Muchos de ellos empezaron desde niños con campañas espontáneas contra el uso de las caucheras, ese cruce entre arma y juguete que durante muchos años fue el terror de los pájaros de todos los tamaños. Luego, ya más grandecitos, comenzaron a observar y a estudiar por cuenta propia los hábitos y el hábitat de los pájaros de la zona. Aprendieron tanto y tan pronto que uno les preguntaba y ellos sabían responderle de qué se alimentaba esta ave y cuál era la hembra entre los que se veían posados en una rama. Por ese camino del conocimiento no tardaron en enseñarles a los campesinos a reconocer en los pájaros a criaturas vivientes y dignas de respeto. Y eso ya es mucho decir en una población que siempre vio a las aves como un pretexto para coger la escopeta”.

A la sombra de El Nudo

Ubicada en el área de influencia de La Serranía del Nudo, amenazada en estos tiempos por la codicia de los nuevos ricos, la localidad de Marsella es todo un enclave agrícola y ambiental que ya en los tiempos de la fundación le mereció el nombre de Villa Rica de Segovia. Según el relato de los viejos cronistas, Pedro Pineda, fue uno de esos fundadores de pueblos que un día tomó “su mula, su hembra y su arreo “y partió en busca de una tierra donde plantar su heredad. Por el año de 1860, cuando todavía no se había producido la segunda fundación de Pereira, llegó a la zona proveniente de Villamaría, un pueblo cercano a Manizales.

En ese primer viaje de aventura lo acompañó uno de sus hijos, con quien se instaló en un sitio conocido como La Pereza. Una vez tomó posesión de un predio viajó a Villamaría, de donde regresó en compañía de su esposa María Gregoria y del resto de la prole: cinco hombres y dos mujeres.

Esa tierra feraz no tardó en recompensarle sus esfuerzos con plantaciones de algodón, tabaco, fique y plátano. El fique jugó un papel clave en la confección de costales, líchigos, enjalmas y alpargatas, elementos fundamentales para el almacenamiento y transporte de los productos del campo.

Acompañado a veces de su mujer o de alguno de sus hijos, don Pedro viajaba cada mes hasta Santa Rosa de Cabal con el propósito de vender sus productos en el mercado y de comprar lo indispensable para el sostenimiento de su familia.

Era un camino largo y muy culebrero el que debían recorrer en ese viaje de ida y vuelta que en verano les calcinaba las espaldas y en invierno amenazaba con lanzarlos por un despeñadero, en medio de una corriente de lodo.

Las otras formas de cultivar

No olvidemos que cultura viene de cultivo. De sembrar y cuidar para recoger algo. A través de su historia los habitantes de Marsella han conocido las dos maneras de cultivar: la de plantar la tierra y la de nutrir el espíritu. El más visible de todos esos frutos es la Casa de la Cultura.

Por los espaciosos corredores de sus tres plantas pasearon, taciturnas o gozosas, las estudiantes del colegio las Betlemitas. En su capilla siempre iluminada por una veladora, las monjas profesoras depositaron sus angustias y sus ilusiones. Más de un espíritu agobiado descargó de golpe toda su desazón en un interlocutor misericordioso que se tomó la molestia de escucharlo.

Pero esos eran otros tiempos, más sombríos

Porque hoy, declarada patrimonio histórico y arquitectónico del país, el viejo caserón restaurado tantas veces es una suerte de carnaval en perpetua renovación que alberga, en primer lugar, la historia viva del municipio. En sus corredores y salones el visitante puede tomarle el pulso a cada uno de los momentos en que Marsella ha entrado en contacto con las novedades del mundo. La imprenta, el cine, el fonógrafo y la radio, así como los instrumentos utilizados por músicos y artesanos devienen un rastro a la vez mudo y elocuente. Si el visitante se deja llevar, no tardará en descubrir que esos objetos y retratos le cuentan cosas.

Si se detiene por aquí, la fotografía de una muchacha hoy muerta y enterrada le hablará del fulgor irrecuperable de la juventud.

Si hace un alto frente a un instrumento musical no tardará en descubrir que los viejos bambucos y pasillos todavía alientan en el aire, mezclados con las tonadas modernas que un grupo de jóvenes interpretan bajo la orientación de un maestro egresado de la Universidad Tecnológica de Pereira.

Y abajo, presidiéndolo todo, desde uno de esos patios empedrados que tenían sus veraneras y sus fuentes de agua, las piezas de un enorme tablero de ajedrez contemplan un rectángulo de cielo azul velado por un techo de tejas de barro.

Quién sabe. A lo mejor esos ejércitos de reyes y reinas, de torres y caballos, de alfiles y peones dirimen en la alta noche, cuando nadie los ve, un viejo pleito no resuelto desde los días aciagos de Villa Rica de Segovia.

Porque este lugar tampoco escapó a la locura de nuestras guerras seculares. Las que, disfrazadas bajo otras consignas, perduran hasta nuestros días.

Lo nuestro es la vida

“Somos conscientes de que Marsella, igual que todo el país, ha sido protagonista de muchas de esas manifestaciones violentas. Pero, sin negar esa parte de nuestra historia, hoy queremos jugárnosla toda a las cartas de la vida”.

El tono firme de su voz no admite apelación. Es Adriana Grisales, la bibliotecaria de Comfamiliar Risaralda en Marsella. Cuando cruza la plaza principal con su melena dorada llameando al viento, los parroquianos que dormitan en las bancas se sobresaltan con ese paso que la lleva hacia el lugar donde las comunidades requieran un soplo de vida. Puede ser una proyección de cine, un taller de plastilina o una jornada de promoción de lectura. A pie, en moto o en jeep Adriana consiguió llegar con su propuesta creativa a un sector tan brutalmente apaleado como el de Beltrán, el recodo del río Cauca adonde fueron a parar cientos de cadáveres durante los años duros de la guerra en el Norte del Valle.

Cuentan las crónicas que los campesinos utilizaban sus viejas redes de pescar para sacar cadáveres de las aguas.

“Pero hoy es otra cosa”, insiste Adriana. “Al principio era muy duro ver como los niños dibujaban en sus cuadernos los cuerpos que veían sacar del río. Pero de a poco las cosas empezaron a cambiar. La alegría empezó a regresar a sus vidas. Los padres y los maestros, que en principio se mostraban descreídos, cambiaron de actitud. En algún momento del camino sus propias vidas comenzaron a ser transformadas por la cultura y ellos mismos comenzaron a pedir que los programas culturales no solo se mantuvieran, sino que se multiplicaran. Esa es una de las razones por las que podemos afirmar que Marsella vive hoy otra parte de su historia”.

Con una cuchilla

“Si no me querés / te corto la cara/ con una cuchilla/ de esas de afeitar…”

¿Quién no ha cantado al menos una vez en su vida esa tonada de Las hermanitas Calle?

Bueno, sucede que a mediados del año 2015 los habitantes de Marsella despertaron y descubrieron que, por obra y gracia de un sortilegio, vivían dentro de una telenovela.

Salían de misa y se encontraban con Danielle Arciniegas.

Regresaban de la compra en la carnicería y se tropezaban con Juan Pablo Urrego.

Los muchachos terminaban la jornada escolar y se quedaban sin aliento al darse de narices con Carolina Gaitán.


Tres factores incidieron para que los productores decidieran grabar su telenovela sobre esas legendarias cantantes del género carrilera en algunas locaciones de Marsella:

Su cercanía a Pereira.

Su vocación cafetera.

Y sus muy bien conservadas fachadas.

Y entonces se produjo el fenómeno: como una cuchilla que todo lo arrasa, miles de turistas de todos los rincones del país se lanzaron sobre el pueblo, ávidos de color local.

Un domingo sí y otro también, sorteaban las conocidas y mareadoras curvas para constatar con sus propios ojos lo que veían en la pantalla.

Como era de esperarse, lo desbordaron todo en un pueblo que no estaba preparado para eso: los restaurantes, los hoteles, las cafeterías, los parqueaderos, los urinarios, los parques.

Y una vez pasada la fiebre, se fueron para no volver.

Pero en el aire de Marsella quedó flotando una pregunta: ¿Qué pasó con aquella “vocación turística” de la que se hablara tanto en los años ochenta del siglo anterior?

Los días dorados de don Manuel Semilla

Cada quien a su manera: líderes comunitarios, políticos, gobernantes, jóvenes, hombres y mujeres aventuró su propio catálogo:

La Casa de la Cultura

El cementerio

El Jardín Botánico

La Serranía del Nudo

El avistamiento de aves

Las muchas quebradas y riachuelos

La reserva natural

La ruta del agua

La ruta de las artesanías

La ruta del chocolate

Don Tomás Iza, el maestro de toda la vida, no se cansó nunca de recordarles que el municipio tenía un potencial nunca aprovechado del todo y que eso de Villa Rica de Segovia no era una casualidad.

Sin ponerse de acuerdo todos evocaron los tiempos en que la obra de don Manuel Semilla obtuvo un reconocimiento internacional. Como bien lo anotara el ex gobernador Carlos Arturo López, todavía no se habían inventado las políticas ambientales y eso de crear un Jardín Botánico les parecía a muchos una cosa de locos.

“Hoy, muchos añoran esas locuras”, sentencia López mientras le quita los piojos, o vaya uno a saber qué bichos, a una de sus orquídeas.

“Vivimos dándole la espalda a un tesoro”, repetía don Tomás, al tiempo que alzaba un dedo índice admonitorio mientras disfrutaba el café mañanero.

Dicen que en esos momentos miraba en realidad hacia adentro evocando los pasos de sus ancestros llegados de oriente.

Grano Rojo

Guillermo Gamba es uno de esos hombres que han hecho de todo en la vida. De maestro rural a catedrático universitario. De consultor de proyectos a fabricante y vendedor de obleas. Su esencia es la esos trashumantes que toman todo lo que encuentran el camino y lo amasan a la medida de sus anhelos. Por eso un día decidió consagrarse a la escritura de cuentos y novelas en los que hace de la historia mito y de la leyenda historia. Por las páginas de una novela como Tacaloa, viento y sueños gravita una Marsella muy suya, ingrávida a veces, como la neblina que abraza los campos en las madrugadas. Pero en otras es dura y golpea con el mazo de sus violencias tempranas. Todas esas cosas las condensa en un blog al que decidió bautizar como Grano Rojo, en homenaje a esta tierra que lo despertó a las primeras alucinaciones del deseo y el pavor.

Como en un espejo

En una de las vitrinas de la Casa de la Cultura reposa una prenda que parece cansada, como el cuerpo del futbolista que una vez la lució en un estadio lejano. Es una camiseta del club Olympique de Marsella, la ciudad hermana de esta Villa Rica de Segovia sin mar, pero igual habitada por hijos errantes que un día están aquí y mañana en el otro extremo del planeta.

A veces, algunos turistas provenientes de ese puerto sobre el Mediterráneo llegan a esta otra Marsella que les devuelve la paz con el rumor de sus riachuelos, con el súbito vuelo de un colibrí o con el sabor de un buen plato cocido en leña.

En algún momento de su estadía todos se sorprenden con la cantidad de veces que un nombre se repite en establecimientos públicos y privados de la localidad: El del sacerdote Jesús María Estrada.

Y, si quieren, pueden animarse con un par de aguardientes en un bar de la plaza mientras al fondo suena La cuchilla, de Las Hemanitas Calle.

A lo mejor en ese juego de espejos asistan a su modo a otro despertar de las conciencias.

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