La Virginia: Mitos y realidades de Nigricia y Sopinga

Por: Gustavo Colorado Grisales

Caminos de hierro y agua


A sus noventa años Aurelia Moreno evoca los días en que barcos de mediano calado recorrían las aguas del río Cauca llevando y trayendo mercancías en un surtido que iba desde las alpargatas de fique y los machetes para tumbar monte, hasta pianos alemanes que adornaban las mansiones de los nuevos ricos surgidos a la luz de un intercambio de bienes que incluían el transporte de café de exportación hasta el puerto de Buenaventura.

“Uno de esos hombres era don Francisco Jaramillo Ochoa, dueño de tierras por estos lados, aparte de importador y exportador. Era tanta su riqueza que hasta tuvo un puerto propio para recibir y despachar sus mercancías”, dice Aurelia, diente de oro, tabaco ardiendo entre sus dedos índice y pulgar, la cabeza envuelta en un turbante rojo y amarillo que le da un aire de andar envuelta en llamas.

Durante dos terceras partes del siglo XX por este puerto se llegaba a Medellín y a la costa Atlántica. También a Buenaventura, con todo el dinamismo económico y social que eso implica. Por el Mar Caribe y el Océano Pacífico cruzaron los barcos que transportaban el café, la quina y los minerales, al tiempo que acarreaban los prodigios de la Revolución Industrial desde Liverpool, Hamburgo o Marsella. La Virginia estaba situada justo en un cruce de caminos de tierra, agua y hierro: mulas, automóviles, trenes y barcos pasaron por aquí dando lugar a un mestizaje en el que los acentos regionales, las músicas, las gastronomías y las prácticas religiosas daban lugar a una manera singular de ver el mundo.

Entre los portadores de ese legado estaban los padres de Aurelia, Sinforoso Moreno y Carlina Marín. Partieron desde Bolombolo, siguiendo la ribera del río Cauca allá por 1925, durante los años finales de la hegemonía conservadora. Sus únicos bienes eran un par de mulas, un perro y un puñado de semillas de maíz y frijol para plantar en algún recodo baldío donde pudieran armarse un rancho.

En estas tierras vino a nacer Aurelia, en un mayo lluvioso de 1928. Después llegó una docena de hijos que se llamaron Fabiola, Edelmira, Genoveva, Magdalena, Ruperto, Oriol, Gildardo, Rocío, Miguel, Bernardo, Agustín y Belarmino. Con el paso de los años, excepto Aurelia, todos se dispersaron por los pueblos de la cordillera o se adentraron en las selvas del Chocó en busca de minas de oro, siguiendo la ruta de Pueblo Rico.

“Cuando mis padres llegaron encontraron familias de muchos lugares del país. De la costa, de Urabá, de Nariño, del Valle del Cauca, de los llanos y de los santanderes. Todos se sentían atraídos por un lugar en el que era fácil moverse y hacer negocios. Mi papá contaba que por esos días se cruzaron con los primeros comerciantes turcos, llegados a Colombia por el camino de Barranquilla y de Buenaventura, que iban de pueblo en pueblo vendiendo telas. La mayoría de ellos se quedaron en Pereira y Cartago, formando familias con mujeres nacidas en esos lugares”.

Para antes del tiempo

Pero ya estábamos en la segunda década del siglo XX. El de las revoluciones políticas, culturales y tecnológicas. Siglos atrás, por aquí se movían las tribus Ansermas y Apías que una vez chocaron con los conquistadores que seguían el camino desde Santafé de Antioquia hacia las ardientes planicies del Valle del Cauca. A resultas de esa avanzada surgieron grandes haciendas que utilizaban esclavos como mano de obra fuerte y rendidora.

De esas haciendas escaparon hombres y mujeres, formando los primeros enclaves cimarrones de la zona. Dicen los cronistas que fueron ellos quienes les dieron nombres como Nigricia y Sopinga a estos territorios que después se llamaron La Bodega y La Virginia.

En esos anales se data a 1905 como el año del primer asentamiento con tintes de poblado. El ya mencionado Francisco Jaramillo Ochoa, acompañado de Pedro Martínez, Leandro Villa y Pioquino Rojas lideraron ese primer intento, que con el paso de los años daría lugar a barrios bautizados con nombres como La Playa, San Cayetano, Restrepo, Buenos Aires, Pedro Pablo Bello, Libertadores y Balsillas.

Por lo demás, muchos de esos barrios fueron fundados por personas que llegaron a trabajar en la construcción de la carretera que conduce a Medellín.
La misma carretera por la que se propagarían mitos como La mula de tres patas, El árbol del terror, El pez dorado, San Juan Pescador, Un pez gigante, y La taconera, la mayoría de ellos surgidos en el fértil y tantas veces trágico diálogo de los colonizadores con el río.

El pueblo y la ficción

Para Bernardo Arias Trujillo, Sopinga es el lugar donde la mañana ostenta “sus alas de colores en arcos luminosos”. En ese tono exaltado por la contemplación del paisaje está narrada su novela Risaralda, el más visitado instrumento de ficción cuando alguien quiere aproximarse a la esencia de lo que ha sido La Virginia, tanto en su aspecto mítico como su devenir histórico.

En esa encrucijada entre la historia y la ficción se entretejen las vidas de Pacha Durán, Francisco Jaramillo Ochoa, Juan Manuel Vallejo y Carmelita Durán, los protagonistas centrales de esta historia en la que, siguiendo acaso la ruta trazada por José Eustasio Rivera en La Vorágine, el paisaje deviene elemento central, escenario y detonante de las grandes decisiones individuales y colectivas.

Intereses económicos y grandes pasiones se despliegan en un territorio donde La Canchelo es a la vez metáfora de esta tierra feraz y arquetipo de las mujeres que en la segunda década del siglo XXI van por las calles calcinadas por un sol mordiente, mientras las nuevas formas de la violencia aguardan agazapadas a la vuelta de cualquier esquina.

Viejo farol que alumbraste mi pena

Desde estas mismas calles el ebanista Luis Ramírez creó para el mundo un cancionero capaz de narrar el desarraigo en muchos ritmos y en distintos idiomas. Anclado en La Virginia, donde hoy lo honran con una estatua erigida en el parque principal, El caballero Gaucho supo como nadie expresar el sentido profundo de la denominada Música de Carrilera. En sus tonadas se recrea una épica de comerciantes ávidos y de hembras indómitas. De antiguos cimarrones y de colonizadores que dejaron sus tierras y partieron en busca de una aventura con nombre propio: La Virginia. Esa visión de hombres y mujeres en perpetuo tránsito le dio material para sintetizar en unos versos el estado de alma de los andariegos para quienes la vida toda es una carrilera: “Por ti dejé tras de mí/inciertos pasos/ el cariñoso hogar donde viví/ dejé mi tierra y mi plantío/ y el viejo tambo donde nací/ dejé mi raza y mi bohío/ todo lo mío / por verte a ti”.

El puente cuenta historias


Fue el 24 de julio de 1928, el año en que nació Aurelia Moreno, cuando se inauguró el puente Bernardo Arango, para unir los municipios de Pereira y La Virginia, sobre las aguas del río Cauca.

Desde entonces, esa estructura que hasta hace poco amenazaba ruina, ha atestiguado en silencio las transformaciones vividas por la región y el país. Para empezar, su cableado de acero se agitó con los primeros indicios de una violencia política gestada en los tiempos de la Guerra de los Mil días, acrecentada durante las pugnas entre liberales y conservadores, para reavivarse en los años ochentas con el reinado de los narcos que encandilaban a las mulatas, compraban los mejores predios y amenazaban incluso con apoderarse de uno de los emblemas del más reciente dinamismo económico regional: el Ingenio Risaralda.

“Fueron esos los días en que ya no bajaban por sus aguas cardúmenes de peces sino de personas asesinadas”, dice en su casa de La Virginia el poeta, ensayista, cuentista y maestro Hernando López Yepes. El hombre tiene razones para saberlo: durante muchos años ha auscultado las pulsaciones secretas de su gente, al tiempo que el olfatea el cielo y escudriña las aguas del río en busca de una señal renovadora.

Asegura que, hasta ahora, todo ha sido en vano. La Virginia pertenece a la estirpe de los pueblos que aparecen en las novelas de Faulkner: estacionados en las orillas del tiempo y ahogados por un calor sin tregua, aguardan- igual que sus habitantes sentados en sillas de baqueta- que la más leve brisa sea el anuncio de una nueva forma de redención.

Aparte de conectar dos poblaciones, al agilizar el intercambio comercial, el puente Bernardo Arango facilitó el contacto con Medellín, uno de los centros de acopio para los negociantes de Pereira y de los municipios de lo que hoy son los departamentos de Risaralda, Caldas y Quindío. Esas circunstancias empezaron a consolidar a Pereira como el gran punto de operaciones comerciales, sentando las condiciones para que en la década del sesenta se crearan los mencionados departamentos.

Atravesando esas puertas llegaron a La Virginia Olinda y Miguel, dos nigerianos que adoptaron esos nombres para hacerse pasar por chocoanos llegados desde lo más hondo se la selva, según ellos desplazados por una nueva avanzada de colonizadores paisas atraídos por el negocio de la madera y las minas de oro. Aurelia Moreno los recuerda bien.

“Eso fue por los días en que Fidel Castro llegó a gobernar a Cuba. Lo recuerdo porque al principio pensé que Olinda y Miguel venían huyendo de ese país. Las únicas palabras que pronunciaban era buenos días y gracias. Como eran los guapos pa trabajar la tierra les dimos albergue en una pequeña parcela que mis hermanos tenían en el camino hacia Belalcázar.

“Muy pronto descubrimos que eran grandes pescadores. Compramos anzuelos, sebos y atarrayas y los pusimos a trabajar en compañía: mitad y mitad de las ganancias. Trabajando como pescadores se hicieron a unos ahorros y un día nos dijeron que seguían hacia Ecuador, en busca de unos familiares que habían entrado por Brasil. Fue en ese momento cuando nos dijeron que eran nigerianos, pero yo todavía no alcanzo a ubicar bien ese país, aunque mis nietos, bisnietos y tataranietos me lo muestren en internet. Por eso prefiero seguir pensando que eran cubanos”, sentencia Aurelia, diente de oro, tabaco ardiendo entre sus dedos índice y pulgar, la cabeza envuelta en un turbante rojo y amarillo que le da un aire de andar envuelta en llamas.

De tantas sangres

Usted se sienta a tomarse un café o un refresco en un lugar céntrico de La Virginia y ve pasar el país entero: Negros de Urabá expertos en sembrar y descuajar bananos. Baquianos de Granada, Meta, exiliados en estas tierras donde todavía añoran los cánticos ancestrales a la hora del encierro del ganado. Descendientes de las madams que un día se instalaron con sus cantinas, seducidas por el dinero que por momentos parecía brotar de una fuente inagotable. Campesinos de La Celia, Balboa, Santuario, Apía y Belén, desterrados por la chusma y los “ Pájaros “ en los días turbulentos de la violencia liberal conservadora. Por eso se ven allá en lo alto los brazos abiertos del Cristo de Belalcázar, erigido a por los feligreses del padre Antonio José Valencia en un intento por conjurar el horror.

Una nueva corriente de peregrinos ha llegado a estas tierras ardientes. La de los obreros que participan en la construcción de las Autopistas 4G a lo largo de ciento cuarenta y seis kilómetros. En este caso las vías conectarán las localidades de La Virginia y La Pintada. Las mismas que una vez estuvieron unidas por las aguas del río Cauca y por las líneas del ferrocarril a partir de 1942.

Hace muchos años pasaron los días de gloria de empresas como La Royal, Montoya y Trujillo y la Compañía Cafetera de Manizales, que se anticiparon en mucho a la apertura del Ingenio Risaralda en 1973, apenas seis años después de la creación del Departamento.

También están lejos los días en que la Hacienda Balsillas, propiedad de Roberto Marulanda, fungía como un próspero centro de negocios para inversionistas llegados de Pereira y Manizales.

En eso piensa Aurelia, masticando su tabaco y sorbiendo a tragos lentos un vaso de jugo de mandarina.

Ignora que a unas cuantas cuadras de su casa el poeta Hernando López Yepes se empeña, con paciencia de orfebre, en tejer versos como éstos:
“Mi lora ha muerto/y me he quedado solo/el mundo que me imponen/ clava en mí su lanza/un poco más arriba del costado.”