La Celia: Donde las águilas se atreven

Por: Gustavo Colorado Grisales

Un domingo en matiné

El escritor Rigoberto Gil se ve a sí mismo, de niño, hurgando ansioso entre la caja de basura dejada por un empleado a la puerta del teatro de La Celia
Como si buscara una moneda de oro, sus dedos escarban entre colillas de cigarrillos- en esos tiempos se fumaba en los teatros-, pedazos de cartón y papeles estrujados.

Pero su tesoro es otro: los retazos de celuloide en los que, vistos a contraluz, podía contemplar en plena acción a sus héroes tempranos: Ringo, el pistolero infalible; el durísimo Yul Brynner en Los Siete Magníficos y Santo, El enmascarado de plata.

Todavía se estremece cuando evoca el día en que se asomó al abismo de las tetas de Gina Lollobrigida agitándose en lo más profundo del escote.
La película en cuestión tenía un título imposible de olvidar: Tuya en septiembre.

Rigoberto nació en La Celia en 1966. Las películas serían su primer contacto con el mundo en ese pueblo apretujado entre montañas.
Tres décadas después, su profesión de maestro lo llevaría por el mundo: México, Argentina, Estados Unidos, España, Alemania, China.

Pero nada parecido al mundo de ilusión que el cine le brindó en su infancia. De esa materia estamos hechos los humanos.

En el nido de las águilas

Arrinconada contra las montañas a la orilla del río Monos, La Celia fue el último territorio en ser poblado por colonos en lo que hoy es el Departamento de Risaralda. No por casualidad durante mucho tiempo se dijo que las águilas eran las únicas aves capaces de llegar hasta esas alturas.

Un grupo de familias que pretendían llegar hasta San José del Palmar en busca de tierras para cultivar se arriesgó a subir la montaña. Se movían atraídas por tres nombres que les sonaban a promesa: “La selva”, “Sabaletas” y “La Celia”. Esas tierras eran propiedad de los herederos de un colonizador llamado Martín Ortiz Romero. Allí se cultivaba fríjol y maíz, que no solo constituían la dieta diaria de los campesinos, sino que les servían de unidad de cambio en los trueques por manteca, carne y sal.

La sal que se producía en las fuentes de La Martinica, La Rica y San Agustín.

Corría el año de 1910. Muchos fugitivos de la Guerra de los Mil Días se habían refugiado en esas cumbres. Con el paso de los años fundaron veredas que bautizaron con nombres como El Tigre, La Secreta, La Zelandia, La Playa, El Silencio, El Tambo, Momblan, La Capilla San Carlos y una veintena más.
En El tigre nació Alirio Montoya, un campesino andariego que un día llegó a Pereira, estudió contabilidad en una escuela comercial, trabajó en un banco, tuvo cuatro hijos con tres mujeres distintas y un día de 1979 se marchó con un grupo de aventureros en busca del todavía creíble Sueño Americano. Arriesgando el pellejo ingresaron a territorio norteamericano en las proximidades de El Paso. Allí se dispersaron. Cada uno siguió su camino y no se volvieron a encontrar hasta noviembre de 2016 en unas fiestas aniversarias de La Celia.

Alirio tiene la cabeza calva y usa un sombrero aguadeño para protegerse del sol. De su cuello pende una cadena de oro con la estampa de la Virgen de Guadalupe. En el brazo derecho luce el tatuaje de un pájaro en llamas.

“Me lo hice cuando estuve prisionero durante dos años por una pelea que tuve con unos mexicanos que me querían tumbar en un negocio”, dice, sentado en el banco de un parque en La Virginia, al lado de la estatua de El caballero Gaucho, el célebre cantor cuya música es casi la banda sonora de los pueblos de esta zona, hechos de pura tenacidad, desarraigo y nostalgia.

“Durante el tiempo que viví en San Antonio, Texas, me hice amigo- o bueno, un poquito más que amigo- de Gloria, una profesora nacida en Apía, que se ganaba la vida cuidando los hijos del ejecutivo de una petrolera. El ex marido de ella había sido profesor de secundaria en casi todos los municipios de Risaralda y se conocía su historia desde la fundación.

“Conversando con Gloria conocí mucho más acerca de La Celia de lo que aprendí durante los seis años de estudio que tuve, pues solo cursé hasta primero de bachillerato. Hasta me aprendí el himno de La Celia, del que no había sido capaz de memorizar ni una estrofa.

“Supe, por ejemplo, que en 1903 empezaron a llegar los primeros pobladores, entre los que se contaban Leonorcita Ruíz, Martín Orozco, Juan de la Rosa Jaramillo y Félix Gómez, aparte de Teodoro Luaiza y Laureano Loaiza, que no eran parientes como mucha gente cree: uno era de apellido Loaiza y el otro Luaiza.

“Esas personas se establecieron a la orilla del río Monos y empezaron a tumbar monte para sembrar los cultivos y poner a criar sus animales. Al mismo tiempo parían hijos que daba miedo. Fueron sus descendientes los que fundaron veredas y cuando quedaba poca tierra se fueron para El Águila, un pueblo que sufrió mucho durante La Violencia de liberales y conservadores. Otras familias se instalaron en San José del Palmar, donde se emplearon como peones o se convirtieron en pequeños propietarios de tierras que dedicaron a la agricultura y la ganadería.”

El rastro del conquistador

Transcurría el siglo XVI. La embestida conquistadora se desplegaba de norte a sur y de este a oeste, siguiendo el curso de los ríos o utilizando los caminos de indios. A troche y moche Jorge Robledo se había abierto paso desde Antioquia atravesando las tierras de los armas y ansermas, atraído siempre por el señuelo de las minas y por las grandes fuentes de sal, tan codiciadas como el oro.

La leyenda de su paso por estas tierras todavía alienta en los viejos relatos. Algunos insinúan que en busca del río La Vieja cruzó por un territorio conocido tres siglos después con el nombre de Barcelona, en alusión a una fonda caminera donde los viajeros jugaban a las cartas mientras se aprovisionaban de víveres y licor. Según relatos bastante difusos, los ejércitos de Robledo habrían pasado por allí, bajando después a fundar Cartago Viejo y Cartago Nuevo, es decir, la actual Pereira y la actual Cartago.

Pero es solo la estela de una leyenda

Lo cierto es que la fonda Barcelona operó como un punto de encuentro de gran vitalidad. Allí se congregaban campesinos oriundos de Santuario y Balboa, conocida todavía como Alto del Rey. Cuentan que en ese punto se hicieron grandes negocios y se jugaron fortunas a los dados. Según el relato, más de un aventurero que buscaba la ruta hacia el Valle y el Chocó dejó sus ahorros de toda la vida en las mesas de ese lugar que en el pasado había tenido nombres de por sí premonitorios: “El Embudo” y “La Guaca”.

Tras el vuelo de los pájaros

Antes de que el periodismo deportivo acuñara el apelativo de escarabajos para referirse a esos ciclistas que arañaban a puro pedal las cuestas de este país hecho de montañas, los habitantes de La Celia organizaban carreras de ciclismo entre su pueblo y El Águila, la localidad del Valle del Cauca colgada sobre la cresta de la montaña, a mil ochocientos metros sobre el nivel del mar.

Los entusiastas participantes recorrían ese tramo de carreteras sin asfaltar, pedaleando entre yarumos y cafetales sin más incentivos que el goce de estar vivos.

De vez en cuando desviaban la mirada hacia las cunetas y sus ojos se topaban con el horror: los cuerpos acribillados a tiros o descuartizados a machetazo limpio que les formulaban preguntas desde su mutismo inapelable.

Y las preguntas siempre han tenido respuestas, dependiendo de la época.

En estos riscos los quimbayas libraron batallas feroces contra bandos enemigos, que muchas veces estaban integrados por facciones de su propio pueblo.
En algunas crónicas de Jorge Robledo, Pascual de Andagoya y Cieza de León es posible rastrear vestigios de esas batallas.

Más tarde, en una nueva oleada migratoria, llegaron a la zona colonos provenientes de Valparaíso, Jardín y Jericó, que sumados a campesinos de Santuario y Apía poblaron lo que hoy es El Águila.

Muchos pleitos de tierras se dirimieron a machete y escopeta. Sus cuerpos fueron abandonados a la vera del camino por donde cruzaron los ciclistas varias décadas después.

Como un árbol enfermo que engendra ramas letales, las violencias se reprodujeron en la zona. La de liberales y conservadores. La de los narcos. La de todos los demás.

Tanto, que el escritor Germán Castro Caicedo cuenta en su libro Colombia amarga como, bien entrados los años setenta, se consumaban en La Celia venganzas heredadas.

Familias enteras tuvieron que abandonar el pueblo sin más equipaje que el miedo y la ropa que llevaban puesta. Entre esas familias estaba la de José Gil, el sastre más reconocido de La Celia.

El sastre de San Judas

“Se le tiene, mijo”, responde José Gil cuando un niño le pide un par de baterías para alimentar su juguete recién estrenado.

Es un tipo tranquilo, que cojea a grandes zancadas en busca del producto solicitado por los clientes de la sastrería, ubicada en el barrio San Judas de Dosquebradas, ubicado a orillas del río Otún.

Como tantas familias expulsadas de sus pueblos, levantó su casa en el vecindario y se consagró a ganarse la vida con lo que mejor sabe hacer: “Confeccionar vestidos sobre medida para damas y caballeros, mijo” declara en el tono pontificial de quien supo hacer de su trabajo una liturgia.

Y sella la declaración apurando un trago largo de cerveza.

“Bien fría mijo. Bien fría, para espantar este calor”

A lo mejor rememora viejas noches de bohemia en La Celia, a la lumbre de las canciones de Olimpo Cárdenas, Julio Jaramillo y Nano Molina, tres sumos sacerdotes de esa manera tan nuestra de convertir el desarraigo en canciones.

Un desplazado dichoso, piensa uno cuando lo ve sujetar el metro para tomarle las medidas de cadera a una señora muy gorda con unas nalgas enormes.
Igual que lo hacía en La Celia.

¡Plop!

Don José es el papá del escritor Rigoberto Gil, el niño encantado por la ilusión del cine que aparece al comienzo de esta historia. Dicen en la familia que el viejo José se contaba entre los participantes en las carreras de ciclismo que llevaban de La Celia a El Águila.

Si uno no transita el camino que va del padre al hijo y del hijo al padre le resultará imposible entender la impronta de la violencia que recorre las novelas de Rigoberto Gil. Desde El Laberinto de las secretas angustias, una historia en clave poética sobre la toma del Palacio de Justicia en 1985, hasta Perros de paja, un abordaje en códigos cinematográficos de la marginalidad en San Judas, pasando por ¡Plop!, la mirada que el escritor emprende sobre el drama de los desaparecidos. En todas la violencia aletea como un presentimiento sobre la vida de los protagonistas.

Bueno. No siempre como un presentimiento. A veces es certeza pura.

Alirio y la memoria.

Alirio se quita el sombrero aguadeño y le hace una reverencia a la estatua de El Caballero Gaucho.

Su calva- la de Alirio- resplandece bajo al sol de la tarde.

Estimulada por el calor, su memoria lo devuelve a los días de infancia y adolescencia, cuando escapaba con su panda de amigos a disfrutar de largas caminatas por campos y veredas. Con sus manos de dedos regordetes, empieza a dibujar imágenes en el aire tibio.

La laguna, Los Chorros, los remansos de los ríos Monos y Cañaveral y el parque Verdum casi se materializan bajo el conjuro de sus manos.

“Los recuerdos de esos sitios me ayudaron a sobrevivir durante los momentos más duros de mi vida en el exterior. En los tiempos de mi permanencia en prisión cerraba los ojos y me dedicaba a evocar esos sitios. No sé cómo, pero podía escuchar el rumor del agua. El canto de los pájaros. El silbar del viento en los bosques de La Celia. Por eso me hice tatuar este pájaro en llamas. El ave, por supuesto, soy yo. Eso me dijo Gloria una tarde de domingo, sentados en un parque de San Antonio”.

Después de esa declaración de principios no cabe una palabra más.

Solo el silencio.