El camino de Libaré

Por Gustavo Colorado Grisales

Es lunes en la tarde. Sentados en una banca del Parque de Corocito, cinco jóvenes ataviados con camisetas del Deportivo Pereira cuentan las monedas recogidas en su peregrinación por el centro de la ciudad. Se llaman Jonathan, Esteven, Maicol, Karen y Leidy. A pesar del tono anglosajón de sus nombres todos nacieron en este vecindario: la comuna Villavicencio de Pereira, una barriada separada del centro por un muro levantado en un tramo de la Avenida del Ferrocarril.

La líder del grupo es Karen, una muchacha de dieciocho años, con el cuerpo bordado de tatuajes y una mirada dura con la que trata de ocultar su desamparo. El menor es Maicol, de quince, el rostro sembrado de acné y el antebrazo izquierdo marcado por la cicatriz de una quemadura. Todos están arropados en banderas del equipo: las llaman El trapo, la insignia por la que están dispuestos a matar o morir.

Salvo esa certeza, poco tienen en este mundo: todos son hijos de familias rotas, no van al colegio y viven con alguno de sus padres o con un familiar en cuartos de inquilinato ubicados en la calle ocho entre carreras diez y once. A esta hora del día apenas han podido echarle al estómago una taza de aguapanela y un pan de ayer conseguido a más bajo precio.

Pero no importa: ya consiguieron lo de las boletas para ingresar al estadio. Ahora les resta fumarse un enorme pucho de marihuana que les servirá de combustible para emprender la caminata hacia el estadio Hernán Ramírez Villegas, adonde aspiran a llegar unos minutos antes del inicio del partido, programado para las 7:45 de la noche. Al fondo, las incandescencias del atardecer se les antojan un anuncio de la dicha prometida para hoy. Una victoria del Dépor y, a pesar de las frustraciones recientes, empezarán a soñar de nuevo con el regreso a la Primera División, un anhelo que para ellos resume el sentido entero de la vida.

Todos ignoran que hace medio siglo otra generación de fanáticos igual de pobres que ellos recorrían la ruta inversa. Los domingos salían desde sectores tan lejanos como Cuba, atravesaban la ciudad entera tomando la Avenida 30 de Agosto, desembocaban en la carrera octava, cruzaban los rieles del ferrocarril y alcanzaban la carrera diez para emprender rumbo hacia el estadio Mora Mora, el legendario “Fortín de Libaré”, donde el Pereirita de los paraguayos hizo morder el polvo más de una vez a los más poderosos de la época. Hasta el ilustrísimo Millonarios de Cozzi, Pedernera y Di Estéfano inclinó la cerviz en esa cancha que cada diciembre se llena de nostálgicos llegados de distintos lugares del país y del mundo, que disfrutan de la Copa Ciudad Pereira alentando la ilusión de ver materializarse sobre el césped a sus viejos ídolos.

Guillermo Cañas, un jubilado bajito, dicharachero y bonachón, forma parte de esa logia de viejos sobrevivientes. Es uno de esos hijos naturales de la Comuna Villavicencio, a la que pertenece Corocito, que se apuntalan en la vida a punta de canciones y de fútbol: todo el tiempo tiene a flor de labios una tonada de Nano Molina o de Los Trovadores de Cuyo. Con el mismo fervor místico que los católicos devotos despliegan para rezar el rosario a la virgen, Guillermo recita alineaciones enteras- a veces entremezcladas- del equipo que le ha prodigado las mayores dichas y desventuras de su vida.

“Casimiro Ávalos, pataemula Calonga, Carmelo Colombo, Achito Vivas, Luis Largacha, Tato González, Isaías Bobadilla, Miguel Escobar, Gustavo Santa, Roberto Vasco, Apolinar Paniagua, Hernando García, Jairo Charry, César Valverde y claro, el maestrico Jairo Arboleda, el más grande de todos”, declama el hombre y los ojos se le hacen agua. Al igual que los chicos del Parque Corocito, Guillermo peregrina hacia el estadio de La Villa Olímpica, aunque con menores dificultades económicas, cada vez que el equipo juega de local.

Con fútbol y canciones está amasada la épica de este sector, clave para entender la historia de Pereira. Sus límites físicos pueden trazarse de las calles once a la cuatro entre carreras doce y octava. Es la Comuna Villavicencio, cuyo corazón es el Parque de Corocito y sus arterias las calles de Berlín, sembradas de billares, talleres de mecánica, montallantas, ebanisterías, piqueteaderos, peluquerías, tiendas, bares y uno que otro hotel para amantes furtivos. Durante unas cinco décadas funcionaron a pocas cuadras de distancia los tres grandes templos de los tangófilos de la ciudad y de poblaciones vecinas: La Milonga, El Milongón y La Milonguita. “ Canción que pida y no tengamos no existe y si no existe se la componemos”, solían decir los dueños y administradores cuando un nuevo cliente pretendía dárselas de sabihondo. De esa madera estaban hechos.

Por estas calles…

A esos lugares y a otros cuantos más , especializados en distintos géneros regresan cada temporada, por Navidad y Año Nuevo, los hijos de Berlín, Villavicencio y Corocito que a partir de los años cincuenta del siglo XX emigraron hacia Nueva York y Venezuela y más tarde a destinos como España y Chile. Con sus envíos de dinero se han levantado casas y edificios, se han educado varias generaciones, se han fundado negocios y, cuando esos dineros no han sido muy santos, se han librado batallas sangrientas en estas calles que han visto caer a más de un muchacho nacido en sus orillas.

Hace cosa de una década, cuando una de las frecuentes crisis económicas puso en aprietos a los vecinos, muchos olvidaron sus pudores y sacaron a la calle sus cocinas y comedores para vender golosinas de sal que no tardaron en atraer a los rumberos que los fines de semana se toman la Avenida Circunvalar, un planeta limítrofe y distante a la vez, donde los nuevos ricos ofician sus rituales de consumo y se conceden una tregua a la medianoche para volver a sus raíces a través de una buena porción de exquisiteces de sal y grasa. Tres cuadras de la carrera doce, desde los límites con el Barrio Popular Modelo hasta los confines del Parque Corocito, fueron tomadas por legiones de noctámbulos hambrientos con una vehemencia que llevó al periodista Franklin Molano a bautizar el sector con un nombre afortunado : “Corocito Gourmet”.

Donde habita el olvido

Ezequiel, Oseas, Josías, Obed, Joel, Abimael, Libaniel. Como sacados del Antiguo Testamento, los nombres de antiguos habitantes del sector, inscritos en las lápidas de la cripta es lo único que sobrevive de su paso por la tierra. Uno desciende los treinta y dos peldaños de unas escaleras que empiezan a un costado del altar de la iglesia La Trinidad y empieza a habitar el barrio de los muertos, el rincón donde reina el polvo, el viejo y conocido resumen de los afanes humanos.

Muchos de ellos llegaron en los años treinta del siglo XX. Venían empujados por las violencias o atraídos por la promesa de empleo en las empresas asentadas en Dosquebradas. Si se paraban en la esquina de la calle seis con carrera diez, podían ver en la falda de La Popa el desfile hombres y mujeres que habían conseguido engancharse en empresas como Paños Omnes, La Rosa y TPL o en las muchas fábricas de confecciones creadas por una generación de emprendedores locales. Con esas imágenes convencían s sus familiares y amigos de que valía la pena empacar los corotos y jugarse el futuro en esa aventura. Así creció la Comuna Villavicencio: con el empeño y el tesón de varias generaciones de inmigrantes. Unas nacidas aquí, otras llegadas al ritmo del crecimiento de la ciudad y otras, las más recientes, empujadas por el Plan de Renovación Urbana que transformó el centro de Pereira.

El olor a encierro oprime las sienes y sofoca los pulmones. Es dura la vida de los muertos. Por eso es mejor apurar el regreso y desandar los treinta y dos escalones para darse de narices con el aire frío que baja del páramo, cruza el viejo Libaré y agita las banderas rojas y amarillas de esos cinco muchachos que bajan desafiantes por la falda de la carrera once, rumbo a su incierta dosis de redención.