Documental

A la sombra de los guayacanes en flor

Por: Gustavo Colorado Grisales

El camino de regreso

Cada año, por noviembre, Luis Eduardo Marín, comerciante de frutas y verduras en Corabastos, parte desde Bogotá a las dos de la madrugada en compañía de Lucía, su mujer, de Julián y Lorena, sus hijas, además de Paco y Luna, un perro y una gata que se acomodan en la parte de atrás de su campero Land Rover.

Van en busca de un pueblo anclado en una de las estribaciones de la cordillera occidental, fundado poco más de un siglo atrás, en unas tierras que una vez fueron habitadas por los indios Umbrás.

Mejor dicho: su mujer, sus hijos, el perro y la gata lo acompañan en busca del paraíso perdido de su infancia, transcurrida en una vereda llamada El Tigre, ubicada a tres horas de caminata desde la cabecera municipal.

Antes de llegar a su destino tendrán que bajar hacia las planicies ardientes del Tolima. Luego de pasar por Cajamarca toman la empinada cuesta hacia el Alto de La Línea, tan célebre por sus trancones monumentales como por las hazañas protagonizadas en su cumbre por héroes del ciclismo del talante de Ramón Hoyos, “Cochise” Rodríguez, “Lucho” Herrera o Nairo Quintana.

Al pasar por Armenia, Luis Eduardo empieza a sentirse en casa: hasta aquí viajaba en tren con sus padres a visitar a sus parientes Rosario y Lorenzo, desterrados de su vereda durante los días cruentos del Corte de franela y otras atrocidades perpetradas por la chusma durante los tiempos de la violencia liberal conservadora.

En esa estampida, Alejandrino y Purificación, los padres de Luis Eduardo, fueron a parar a una barriada miserable en el sur de Bogotá.

Ellos, que habían descuajado montañas con sus propias manos y convertido un erial en una próspera finca de café y ganado.

Luego de un almuerzo en Pereira buscan la ruta hacia La Virginia y emprenden una breve travesía por entre los cañaduzales que surten al Ingenio Risaralda. A la altura de Remolinos cruzan el puente y entonces al jefe de la familia le da un vuelco el corazón: allá arriba en las fincas cafetaleras y en los plantíos de plátano se ven los guayacanes que a la menor ventisca se arremolinan en una danza de flores doradas, lilas, blancas y rosas.

No por casualidad su pueblo es conocido como La villa de los Guayacanes.

Disfrutando esa fiesta de colores el hombre siente que solo por eso vale la pena emprender cada año el camino de vuelta a casa.

Más tarde, una vez ya instalado con los suyos en algún hostal, activará el ritual de recorrer la plaza y las calles tratando de reconocer algún compinche de estudios en la Escuela Santander, o el rostro de una muchacha de la que estuvo enamorado cuando se encontraba con ella haciendo fila para entrar a matiné en el teatro de Domingo Moscoso.

Quién sabe, a lo mejor ese amigo es el hombre de panza cervecera que contempla la llovizna como si fuera una materialización del tiempo perdido.

Tal vez la mujer amada sea esa abuela que se distrae comprando globos de colores para sus nietos.

De golpe, recuerda el título de una película que lo sobrecogía de terror y lo obligaba a doblarse en la silla, resignado a recibir el golpe mortal: Santo, El Enmascarado de Plata, contra las momias de Guanajuato.

Belén de Umbría, su pueblo, celebra sus fiestas aniversarias en noviembre. Aunque, como sucede con todos los pueblos de la tierra, una es la fecha de fundación en las leyendas, otra la de sus primeros asentamientos y otra muy distinta la de los hechos administrativos.

Con el perro andariego

De acuerdo con las primeras crónicas, por aquí anduvieron los Umbras, los Andicas, Los Chápatas antes de que las huestes de Jorge Robledo bajaran desde Antioquia para adentrarse en estos territorios en busca de las minas de oro que siempre estaban un poco más allá de la leyenda.

Por los caminos del conquistador llegarían tres siglos después los primeros colonos seguidos por el perro andariego que hoy ya es parte de la mitología de esta zona.

Fue el 10 de agosto de 1890 cuando entre esos andariegos cobró forma la idea de fundar un pueblo que les permitiera poner fin a sus afanes. Dicen que fue don Antonio María Hoyos el hombre al que se ocurrió la idea.

También estaban José María Londoño, Isidro Flórez, Benancio Parra, Santiago Velásquez, Víctor Impatá, Manuel Betancourth y Manuel Hoyos.

Ellos y otros tantos cuyos nombres se han perdido en la desmemoria formaron la primera junta pobladora. Con el auspicio del párroco Pedro Orozco se dirigieron a la prefectura de Riosucio, que a su vez se encargó de gestionar ante la gobernación de Popayán lo concerniente a su paso de caserío a corregimiento.

Para esa fecha de 1890 al Inspector de Policía Pío Ramírez le correspondió la tarea de gobernar esa aldea habitada por cuatrocientas personas, resultado de los primeros cruces entre los colonos paisas y los indígenas originarios.

Pasaron veintiún años, hasta que el 27 de abril de 1911 la Asamblea de Caldas expidió la ordenanza mediante la cual se creó el municipio de Belén de Umbría.

Como cada año, en noviembre de 2017 los descendientes de esos pioneros se dan cita en el pueblo para reconocerse continuadores de una empresa que no solo ha sobrevivido a las arremetidas del infortunio, sino que hoy la tiene como la localidad de mayor dinamismo económico y social en el occidente de Risaralda. De hecho, Belén de Umbría es hoy el mayor productor de café en el departamento y ocupa uno de los primeros lugares en el concierto nacional.

Aparte de eso, algunos emprendedores han desarrollado todo un frente económico alrededor del plátano.

La prueba visible son las plantaciones que se ven al fondo. El viento de la tarde sacude las hojas húmedas y deja ver los racimos opulentos.

“Hace veinte años, pa´ disfrutar plátanos de ese tamaño había que viajar hasta Pueblo Tapao, en el Quindío”, grita un finquero a modo de declaración de principios y completa la faena bebiéndose una botella de cerveza de un solo trago.

¡Salud! Le dice a su caballo, amarrado a la puerta del bar y el animal le responde con una serie de relinchos entusiastas.

Breve encuentro

A las nueve de la noche del sábado la fiesta alcanza su máximo furor.

La plaza principal de Belén de Umbría es la expresión sonora de lo que en el mundo de la música se conoce como la onda crossover: vallenatos, reguetón, salsa, baladas, rancheras, corridos, cumbias, despecho, carrilera, boleros, tangos, valses, pop, y unos cuantos géneros más forman una masa compacta de sonidos que abrazan a la multitud y elevan la temperatura del ambiente de por sí enfebrecido por el licor que corre a chorros desde un dispensador inagotable.

Desde su reino de siglos, la estatua de Simón Bolívar los contempla. Por un momento pareciera que quiere bajar de su pedestal para sumarse a la rumba.

En un café de la esquina una panda de viejos amigos celebra el reencuentro alrededor de una garrafa de aguardiente.

Miguel, que vive en Barranquilla donde regenta un almacén de repuestos. Gabriel, residenciado en Palma de Mallorca, ha venido porque su mujer española quería conocer ese pueblo al que los relatos de su marido a la hora de la cena acabaron por convertir en leyenda.

Belén, por los pesebres y Umbría por la región donde nació san Francisco de Asís.

O por los indios Umbrás que habitaron la región.

Los hijos de esta tierra no acaban de ponerse de acuerdo al respecto.

Porque también se llamó Mocatán.

Y Arenales.

Bueno, a la mesa también está sentado Rafael, que comercia con pescado seco del Amazonas.

A estos tipos con nombre de arcángeles solo le falta el Ángel de la Guarda para completar una buena delantera.

Porque a esta hora hablan de fútbol y, entonces, un auditorio empieza a congregarse a su alrededor.

Gabriel alza el dedo índice de su mano derecha y empieza la homilía:

“En Belén tuvimos uno de los mejores futbolistas del país en su momento. Solo que para la época no había tanta televisión, ni publicidad, ni empresarios. Pero si le hubiera tocado hoy, estoy seguro de que habría terminado jugando en un equipo europeo. Yo he visto jugar en España tipos troncos por los que pagan millones de euros y a los pocos meses los devuelven pa´ la casa.”

Gabriel habla de Hugo Sánchez, claro. Un futbolista nacido en Belén de Umbría que desató procesiones fervorosas cuando llegó a jugar en el Deportivo Pereira. Era uno de esos punteros habilidosos que ya no se ven. Igual que cuando jugaba en los potreros de su pueblo, hizo estragos en las defensas de los equipos profesionales de Colombia. En Barranquilla hizo recordar a Caldeira. Sus gambetas hicieron que en Medellín los hinchas del Atlético Nacional evocaran a Víctor Campaz. En Bogotá los seguidores de Millonarios lo sufrieron una tarde entera y, para conjurarlo, hicieron que los directivos lo contrataran.
Pero, como tantos otros futbolistas con raíces demasiado profundas, Sánchez no resistió la capital y se regresó a Pereira, donde le bastaba una hora y media para reencontrarse con los que amaba.

Y ese fue el comienzo del fin de sus días de gloria.

Viviendo en el pasado

Lucía, la esposa de Luis Eduardo Marín, es bogotana. Sus hijos, al igual que el perro y la gata, también nacieron allí. Pero todos disfrutan viéndolo recorrer las calles con el aire embelesado de un niño en una feria. Más que con el sabor, viaja a otra dimensión de su vida aspirando hondo el olor de las empanadas con ají. Unos pasos más adelante se quedan mirando, atónito, a un viejo centenario que camina apoyado en un bastón de palo de café, en el que cree ver a su profesor de primaria. Pero la voz de Julián lo devuelve de golpe al presente:

“¿No nos dijiste que ese profesor había muerto en un accidente?”

Vencido, Luis Eduardo decide llevarlos a conocer el Museo Bolívar. La familia en pleno, incluidos el perro y la gata, lo acompaña, solidaria, hasta la finca La Arboleda, donde ahora está emplazado el museo.

Durante el recorrido les cuenta que todo empezó con la llegada de don Eliseo Bolívar a san Antonio del Chamí, hoy corregimiento de Mistrató. Había partido de Jericó, Antioquia, siguiendo la ruta colonizadora que conducía hacia el Chocó. Años después se trasladó al caserío de Arenales, donde fue parte de la junta fundadora.

“Como era muy inquieto por las artes, se dedicó a coleccionar toda clase de cosas que después se volvieron importantes para conocer la historia del municipio. Además, escribió crónicas sobre la fundación del pueblo” les contó Luis Eduardo mientras tomaban aire antes de emprender la cuesta final.

Allí mismo les dijo que el actor Pedro Montoya, célebre por su encarnación de Bolívar en un seriado de televisión, había nacido en Belén de Umbría un 10 de octubre de 1948.

“El museo como tal fue creado en 1942, gracias a la iniciativa de su hijo Carlos Bolívar. Fue él quien lo convirtió en un lugar organizado. Luego de su muerte en los años ochenta sus herederos, la familia Gil Bolívar, se encargó de conservarlo.”

En esa casa finca que data de 1894, los recuerdos de Luis Eduardo conducen a su familia de la mano por unos salones donde se encuentran, como si se acabara de instalar allí, con el piano donde se compuso el himno de Belén de Umbría.

También está la biblioteca, que llegó a contar hasta con cinco mil ejemplares, entre los que destacan libros de ocultismo y masonería, así como las obras de Vargas Vila.

Y eso en una sociedad gobernada con mano de hierro por el clero y por el Partido Conservador, que desde esos días son como decir la misma cosa

Tomás Cipriano Ignacio María de Mosquera-Figueroa y Arboleda-Salazar , más conocido como Tomás Cipriano de Mosquera (Popayán, Virreinato de Nueva Granada, 26 de septiembre de 1798-Coconuco, Cauca, Estados Unidos de Colombia, 7 de octubre de 1878) fue un militar, diplomático y estadista colombiano. Extraída de: Historia Biografías.

“Y lo más importante: – y los señala con el índice- aquí están estos ejemplares que pertenecieron al virreinato de la Nueva Granada y otros que dejó el general Tomás Cipriano de Mosquera cuando estuvo por estos lados”

A Luis Eduardo no le cabe el orgullo en el cuerpo cuando comparte esas joyas con los suyos. Y eso que les falta visitar El Salón de Antigüedades Paisas y El Salón de Arqueología, donde se cruzan los caminos de los pobladores indígenas de la zona y los colonos llegados del sur de Antioquia con los que se amalgamarían después.

De regreso a la plaza principal no dejan de advertir la cantidad de negocios que han florecido en Belén, a resultas de los recursos provenientes del café y el plátano, y también de las remesas de quienes a partir de los años sesenta del siglo veinte emigraron a Venezuela, a Estados Unidos, a España, a Inglaterra y Australia. Almacenes, boutiques, restaurantes, bares, distribuidoras de productos agrícolas, bancos y puntos de venta de teléfonos celulares les dan a sus calles el aspecto de uno de esos distritos comerciales de Nueva York, San Francisco o Miami que antes solo se veían en las películas.

Cosas de la globalización, recitan algunos.

O de la pura necesidad, replican los más escépticos.

La última travesura

Es el último día de las fiestas aniversarias en Belén. Ya han partido casi todos los que llegaron desde lugares muy lejanos. Solo quedan los residentes en Pereira y municipios cercanos como Anserma o Riosucio.

Pero Luis Eduardo ha insistido hasta el final porque quiere permitirse una última travesura. Después de regatear el alquiler durante un buen rato, ha conseguido que lo dejen conducir uno de esos viejos camperos Carpatti que prevalecen solo en Belén, desafiando el reinado ejercido por los Willys en el resto de la zona.

Cuentan que un político de Pereira que fue embajador en Rumanía aprovechó sus nexos con una familia poderosa del pueblo y se dedicó a importar esos camperos que hoy siguen transitando con su carga de hombres, mujeres, niños, víveres y bestias por unos desfiladeros que harían dudar al más avezado de los animales de carga.

Durante dos horas, sentado al volante del Carpatti alquilado, Luis Eduardo Marín, Ingeniero Agrónomo y comerciante en Corabastos, recorrió los meandros de su propia memoria en compañía de Lucía, Julián, Lorena, Paco y Luna los meandros de su propia memoria.

Lugares como Guayabal, La Planta, La Selva y El Tigre le devolvieron el aroma de la pulpa del café, de los fríjoles con coles hirviendo en los fogones de leña, de las astromelias en sus tiestos, de la pelambre mojada de los perros, de la boñiga fresca de las vacas y del cagajón humeante de los caballos.

De vuelta, empezó a subir el equipaje de los suyos al Land Rover con parsimonia deliberada. Quería gozar cada minuto antes del viaje de regreso que los llevaría por La Virginia, Pereira, Armenia, La Línea, Cajamarca e Ibagué, antes de cruzar la llanura ardiente que precedería su ascenso hacia Bogotá.

Después de todo, tendrá que esperar un año antes de volver a la sombra de los Guayacanes en flor.

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