La última canción

Por : Gustavo Colorado Grisales

Dulces besos

Han pasado cuarenta y dos años y Yolanda lo recuerda con toda nitidez: “Mientras el mar besa una playa ajena/yo busco en vano tu nombre entre la arena/ yo busco en vano la luz de tu verano/ y aquellas noches anchas bajo el cielo”.

Es una canción con muchas versiones, difundida entre nosotros en la voz de Claudia de Colombia.

Con esa canción lloró un año entero, bebiendo aguardiente en los grilles que rodeaban el Lago Uribe Uribe, cuando esa era la zona rosa de Pereira: Berioska, Los Cisnes del Lago, Puerto Rico y una decena de sitios donde se bailaba la música de Los Graduados, se escuchaban los tangos de Irusta y Magaldi y se bailaba apretadito al son de la voz melodiosa de Leo Marini.

“No sé cuántas veces le di la vuelta al lago en compañía de Raúl, mi novio de toda la vida, el único, el que me dejó esperándolo y por el que se me fueron los años sin atreverme a establecer compromisos con otra persona, a pesar de que nunca me faltaron pretendientes”.

Pero hay corazones así: tozudos y hechos a la medida de la espera. Aunque se trate de una espera sin esperanzas.

“Con Raúl viví un noviazgo de cinco años. De esos de canciones dedicadas, helados en La heladería Tropical, tarjeticas con frases enamoradas… y nada de sexo. Como quien dice: un amor de otros tiempos, suspira Yolanda, enfundada en unos pantalones a rayas doradas, sentada bajo una de las veraneras del parque en un viernes lluvioso de junio.

“Tenía diecinueve años ese septiembre de 1972 cuando Raúl se despidió de mí con un beso, después de darle unas veinte vueltas al lago, igual que hacían las parejas de esos años. Al otro día, a la hora en que siempre me recogía llegó a mi casa de la calle veinticinco con novena un niño con un papelito doblado. Me lo entregó y salió corriendo, sin darme tiempo a preguntarle nada. Cuando desdoblé el papel por poco me desmayo. “Te quiero con toda mi alma, pero debo salir a probar suerte en otro país. Colombia no tiene nada para mí, así que me marcho llevándote en mi corazón. No me busques, por favor. Si un día la vida decide que debo volver, volveré. Te dejo muchos besos”.

Yolanda sigue esperándolo, mientras Claudia de Colombia canta con su voz suave, dulce, casi un trino: “Mientras mi piel se acostumbró a tu mano/ y tu frente a la sombra de mi pelo/ estás aquí y aunque no estás conmigo/ vuelvo a encontrar tu corazón amigo”.

Yolanda nació, creció y espera morirse en este vecindario del Lago Uribe Uribe que cambia de rostro cada vez que llega un nuevo alcalde a la ciudad. Bajo el campanario de la iglesia fundada por los padres claretianos se han tejido infinitas historias de vida y de muerte. En la esquina de la calle veinticuatro con carrera octava cayó acuchillado Carequeso, un malandrín de El balso, perseguido por sus victimarios desde una casa de prostitutas de la carrera once con veinticinco. Dicen que por un mal reparto en el negocio de carros robados. El busto del general Rafael Uribe Uribe fue testigo impasible de esa cacería. El viejo Uribe había escapado a tantas.

Los himnos a la noche

Por aquí pasaron los muchachos del Cine Club Borges, con su proyector de 35 milímetros y sus sillas viejas compradas a un sirio libanés de Chinchiná que había cerrado su teatro. Querían poner la primera silla de su utopía cultural y lo hicieron. Los habituales del lago los vieron pasar rumbo a su paraíso encontrado y les desearon buena suerte sin saber muy bien de en qué iba el asunto. Un par de meses después por el lago cruzaban los peregrinos a cumplir su cita con las películas de Tarantino, de Bigas Luna, de Eliseo Subiela y otros tantos hacedores de fantasías de celuloide.

Ubicado entre el Sena y un par de prostíbulos, el cine club convocó muy pronto a un público que en su vestimenta, en su lenguaje y en sus maneras de consumir se convirtió en pista para tomarles el pulso a las transformaciones vividas por la ciudad.

Ha visto pasar tantas cosas, este lago

Hoy ve pasar a los estudiantes de la Universidad del Área Andina. De a poco, los muchachos han ido dejando sus propias huellas en la piel del lugar. Un helado de chocolate por aquí, una selfie frente a la fuente de agua y unos besos robados más allá. Mientras eso ocurría, la profesora Olga Lucía Correa se dedicó a descorrer los pliegues de la memoria y nos contó en un libro las historias de quienes habitaron los alrededores de este lugar en un pasado que para entonces era el presente. Por sus páginas cruzan las prósperas familias de comerciantes que escribieron en las fachadas de sus casas una historia de migraciones, desvelos y fortunas. Allí están esos caserones de contraportón, en cuyos solares los patriarcas conservaban su reciente pasado campesino con un surtido de mangos, guayabos, limoneros, naranjos y aguacates plantados con sus propias manos.

En una de sus esquinas, junto al bar El Tranvía, un hombre todo de blanco hasta los pies vestido amasó una pequeña fortuna a punta de grasa. Se trata de El Palomo, un surtidor de chicharrones y plátanos fritos dirigidos a calmar el hambre de los borrachos y de paso a dejarlos listos para la siguiente botella. Tal fue el crecimiento de sus ventas, que en cuestión de una década pasó de instalarse en la esquina con una olla bien surtida, a regentar un próspero restaurante frecuentado por taxistas y mariposas de la noche.

Las visiones de Isabela

Isabela tiene apenas doce años y quiere ser cronista. Por eso llegó puntual a su cita de las dos de la tarde junto al busto de Uribe. Son las cuatro de la tarde del viernes y ya tiene tres historias para contar.

La primera deja entrever el drama de los vendedores de helados, bebidas y golosinas extorsionados por las mafias de prestamistas. Y eso a veinte metros de una estación móvil de la policía.

La segunda gira alrededor de un hombre disfrazado de negra, reforzado su trasero con unas enormes nalgas de plástico y papel. Se gana la vida haciendo caricaturas de sí mismo en bares, discotecas y fiestas empresariales. Está aquí porque un día sucumbió a la tentación de embarcarse hacia España con un alijo de cocaína y cayó detenido en el aeropuerto de Caracas, donde purgó una condena de cinco años.

Y la última es un oxímoron multiplicado en un juego de espejos: un serenatero diurno que no sabe cantar ni tocar la guitarra pero se gana la vida convenciendo a la gente de que puede hacerlo.

Tan pequeñita, Isabela ya sabe de historias duras. Por eso le gusta este parque. El del busto de Rafael Uribe. El mocho, como decidió bautizarlo la irreverencia de quienes hacen su vida por estos lados.

Como un alma en pena

Todos los días de su vida, incluyendo domingos y festivos, Yolanda deshace sus propios pasos en un ir y venir que la deja anclada en el mismo lugar: las veraneras del Lago Uribe Uribe donde Raúl le dio el último beso en una tarde de 1972. Y, como siempre, la voz de Claudia de Colombia le llega desde muy adentro mientras contempla sin envidia a dos adolescentes devorándose a besos unos metros más allá: “Y el faro azul/ es una estrella rota/ que nombra la vigilia de algún puerto”.

Curioso: las nuevas generaciones tienen sexo a manos llenas sin necesidad de enamorarse ni de ayudarse con canciones pero, por alguna razón, siguen dándole vueltas a este lago.